
No existe probablemente una planta tan circundada de leyenda e innumerables aplicaciones terapéuticas, naturales y sobrenaturales. Debido a la forma de sus raíces parecidas al cuerpo humano, al uso como ingredientes de pócimas brujeriles y a que crecía bajo los patíbulos, la mandrágora, ha sido todo un símbolo en la Europa del Medioevo y hasta nuestros tiempos.
Los propios recolectores diseminaban leyendas aterradoras acerca de la resistencia que la planta hacía para no ser arrancada. De esta forma los recolectores la vendían a precios exorbitantes que llegaron a ser, por una sola raíz, equivalentes a un año de trabajo para un artesano de la época (1690)
Se arrancaba en tiempo del solsticio de verano, antes del alba y en último cuarto de luna. Se decía que no era fácil agarrarla. Para mantenerla tranquila debía regársela con orina o sangre. Los que se atrevían a buscarla bajo los patíbulos tapaban sus oídos para evitar la locura que seguía a escuchar los gritos mortales de la mandrágora.
Se usaba en los temas amorosos, para favorecer los trámites judiciales o revelar tesoros ocultos. También la recetaban para curar la artritis, inflamaciones y úlceras, para inducir la menstruación y como antídoto de picaduras de serpientes.
La mandragorina, hiosciamina y otros alcaloides alucinógenos contenidos en la hierba, le proporcionaron un gran prestigio como ingrediente fundamental en los ungüentos que las brujas europeas se frotaban para poder volar.






