
Los egipcios y sociedades de perfumeros de ungüentos israelitas y de otros pueblos orientales fueron los precursores de las perfumerías modernas. Cuando en el año 330 a.C. Alejandro Magno conquistó Egipto el uso del perfume se estandarizó. De forma casi idéntica se introdujo, en el Imperio Romano tras la conquista del mundo persa, el uso de aceites de rosa entre las matronas del imperio.
En el año 1000 el médico árabe Avicena es el primero en destilar el aceite esencial sacado de pétalos de rosa. Los métodos de destilación convirtieron a Arabia en el centro de esta industria para lo cual debió traerse la materia prima de otros sitios tales como China, el Tibet y otros parajes del rico Oriente.
Alrededor del año 1200 los cruzados regresan a Europa con una noción de perfumes y esencias muy bien definida y requerida por todo el continente. Por fin el descubrimiento independiente de la destilación de aceite de rosa, en el año 1574, Rávena, convierte a Francia en el centro europeo de la manufactura de perfumes. A finales del siglo XIX la industria química fue apoderándose del mercado cosmético con los terpenos y otras sustancias aromáticas sintéticas.






