
Desde muy temprano en la historia se han popularizado ciertas analogías entre el planeta Tierra y la hembra o “madre” de la prole. En cierto sentido se las considera pasivas y receptivas, en tanto son fecundadas; ricas y generosas, en tanto son fértiles; protectoras y proveedoras, en tanto son madres criadoras de vida.
Las comunidades de antaño veneraron estas capacidades femeninas y ecológicas que proporcionaban una razón vital a la realidad de sus efímeras existencias. Muchos de estos grupos matriarcales reconocían en la mujer las misteriosas y potentes propiedades de la naturaleza. Las hechiceras conectaban con esas “energías” porque su actitud natural hacia la vida era ya milagrosa: En el misterioso interior de la mujer planetaria, implícito en el placer que anida en su cuerpo, como si este concierto sensual del coito fuera un anticipo de la vida prometida… en este recinto sagrado habita el espíritu mágico de la continuidad, un seguir permaneciendo se imprime allí, en la oscura y secreta fortaleza de las entrañas geomaternas.
Así es como la simbología ha dado forma de cáliz a ese atributo femenino de recibir la semilla y de ampararla. Como una mente que encuba una idea, como la gestación de un gran proyecto, así toma forma el futuro en un presente preñado de posibilidades; así también la luz del sol se transforma y reproduce, en el seno de la tierra, útero de toda especie y…, la luz: la semilla.






