La mujer que pretenda cultivar todo el espectro del alma femenina que aprenda primero los secretos del buen hablar. De ahí el delicado encanto que la caracteriza como “el sexo bello” y, tras una intervención “muy de mujer” se descubre el candor verdadero, sin otro propósito que vivir.

Por los incontables detalles, vestimentas conceptuales, emocionales, psicológicas que aportan, las sentencias, las preguntas, las oraciones declarativas; en los vericuetos de las negaciones afirmativas, en los preámbulos de un tema familiar, en las contorsiones del juego coloquial amoroso, siempre se divisa el eterno femenino. Se lo visualiza más mediante una gigantesca escala verbal, donde el significado de las palabras, la forma de susurrarlas o modularlas, el orden en que estas se disponen, el ánimo y la intención que transparenten, puede ser el recurso más rico para embellecer el sexo débil hasta lo adimensional.

Pero no tan sólo tienen que ver los sonidos, el timbre y la manera, también hay que saber respetar los silencios. Más aun cuando el silencio de la mujer, es signo de una prudencia que le viene a juego, como gran virtud. La osadía oral, la respuesta apresurada, los juicios precipitados tienen poco espacio en el universo de lo bello, salvo explícita intención de terquedad. Pero la justeza en la opinión, la apropiada intervención y la sutileza profunda, son el don más preciado a lo largo de todo la historia de la mujer y muy por encima de los otros valores que se le atribuyen.

La figura femenina siempre ha estado rodeada de grandes silencios, pero también de fantásticas historias mitológicas; las cosas que por ahí se cuentan se acrecientan entre las mujeres y toman, en ocasiones, dimensiones de cuento. Ese mundo de lo jamás visto, esas vacilaciones que dicen más que la palabra, son el atmósfera que la mujer respira entre el amor, el mito y el secreto.

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