El problema de si es verdad o no lo de la intuición femenina ha perdurado sin solución hasta nuestros tiempos. Algunos edifican en ella todas sus esperanzas conformando la parte optimista que cree ciegamente es este atributo y se las juega el todo por el todo.

También están los escépticos, lo que se “burlan” o subestiman estos credos porque no tienen una sujeción lógica que se pueda comprobar.

Pero sin llegar a ninguno de los dos extremos hay quienes se sitúan prudentemente al medio de los polos. Ni aseguran que este dote sea un regalo exclusivo de la naturaleza a la mujer ni tampoco lo niegan.

Más allá de la polémica, en la vida cotidiana, muchas mujeres se guían por el sexto sentido y dicen acertar a menudo.

Se dice que intuir es la capacidad de tener noticia de algo sin precedente alguno. La información se detecta en forma instantánea y no deja lugar a dudas. También el mundo perceptible es fruto de la intuición directa de los sentidos.

Cabe la posibilidad de que las mismas funciones femeninas que requieren otro tipo de atención que las tareas que desempeña el hombre, formen un banco de datos de tipo menos conciente pero que terminan en conocimiento intuitivo de la situación.

Por otro lado existe un lenguaje no verbal que pasa desapercibido, en el estado conciente, pero sin saberlo, cada detalle se cierra en un registro interno que arma automáticamente las piezas del rompecabezas. La atención más despierta en el momento de vida, el detallismo femenino, la agilidad para interpretar expresiones más que significados, así como su habilidad en las palabras, hace de la mujer un valioso acopiador de datos claves que, en última instancia, guardan estrecha relación con una lectura última del todo gestual y oral, es decir el resultado genuino de la intuición.

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