
Sucedió en Santiago de Chile. Una mujer de mediana edad se aplicaba un tratamiento de belleza, en su alcoba, cuando escuchó ruidos dentro del apartamento. Sospechando que se trataba de un intruso se escondió en el ropero. Llevaba los tubos o ruleros dorados puestos en la cabeza y, a efectos de disfrutar los beneficios de un tratamiento facial, se había aplicado una máscara de palta (aguacate), que le cubría el rostro por completo. Sólo los ojos asomaban del verde fluorescente de la fruta.
Aterrada escuchó, desde dentro del mueble, como el ladrón registraba el sitio abriendo cajones y revisando recipientes en busca de objetos valiosos. En determinado momento el individuo entró en el dormitorio y la propietaria paralizada “estaba al borde de una ataque de nervios”.
Cuando el infractor abrió el closet en busca de incrementar su botín tuvo una visión dantesca. Lo que pasó debió tomarlo totalmente por sorpresa. Tras la puerta y lanzando un alarido espeluznante apareció “un ser con forma humana, de rostro verde y aceitoso con cabellos metalizados sirviéndole de corona. Sucumbiendo ante el intenso impacto de la “aparición” el delincuente murió a consecuencia de un paro cardiaco.








