Si bien la belleza de la mujer ha sido apreciada por diferentes culturas y a lo largo de la historia, también es cierto que no existe un canon estético preestablecido. Los modelos de belleza han variado tanto de una cultura a otra como lo hace la moda en nuestros tiempos. En este sentido no se puede hablar de una evolución de los modelos de belleza ni de los accesorios ornamentales, si no más bien de una diversidad en los gustos cuyos movimientos psicológicos y profundos proporcionan la huella a seguir en el imaginario del momento.
La belleza femenina para los egipcios guardaba relación con la longitud del cuello de manera que se consideraban hermosas aquellas mujeres dotadas de un cuello muy prolongado. El ideal femenino reflejado en los óleos renacentistas nos muestra un siglo XVII fascinado por los cuerpos de mujer rollizos, senos pequeños y piel muy blanca, una fresca sensualidad acompañaba la imagen.
La persecución de la belleza está liada a rígidas dietas y tratamientos tan exóticos como descabellados. Cleopatra se bañaba cada mañana en leche de burra para mantener la suavidad de su piel mientras que algunas culturas mesoamericanas deformaban el cráneo del recién nacido para alargar “elegantemente” su cabeza.
Más allá del estereotipo de turno la belleza en la mujer ha sido un don permanentemente cultivado por la raza.
















