
Cuando se habla de belleza en forma abstracta, es decir, sin referirse a nada en especial, el hombre piensa en la mujer y, si se le apura un poco más, dirá aquel nombre inolvidable de la épica homérica. Símbolo de dicha y condena, placer y martirio, excelsa gracia cuya energía se cuajó en contienda, que involucró hombres y dioses, en el campo de batalla por la eterna: Helena de Troya.
Se dice que esa belleza deslumbrante, la mujer más hermosa del mundo conocido, puso en conflicto a dos potencias del Mediterráneo: Grecia contra Troya, es decir un poderoso ejército que asedió la bella Ilión (Troya) por diez años, ciudad fortaleza cuyas murallas habían resistido ya fuertes embates sin caer.
Pero… ¿De dónde sacó la fabulosa Helena tal hermosura? Es cosa poco conocida, sin embargo se supone que es un bien hereditario, una disposición divinizadamente cromosómica, un gen desarrollado en el vientre de la hermosa Leda, que fue tomada y desposada nada más y nada menos que… ¡Por Zeus! Dios de dioses y de hombres, el Júpiter romano.
De esa singular unión nació Helena, no es de extrañar en esa promiscua familia de seres fantásticos y antropomórficos; no habría límites en el excéntrico código conyugal del Olimpo.
La semidiosa fue esposa de Menalao, hermano de Agamenón y, embrujada por Afrodita se fue con París a Troya. Los pormenores y proezas de esta epopeya son la obra textual que se atribuye a Homero: La Ilíada.
De pequeña fue raptada por el mítico héroe, Teseo. Pólux y Castor, fundadores de Roma e hijos de la Loba, la recuperaron, siendo que ellos eran sus hermanos, antes de que Teseo la desposara, ya que este esperaba cumpliera la edad necesaria.
Se sabe que la disputa original fue una competencia de belleza, en esferas más altas, protagonizada por Hera, Atenea y Afrodita. Estaban en una fiesta donde no fue invitada la diosa de la discordia. Resentida, envió una manzana inscripta con la frase: “Para la más hermosa de las diosas”
Una vez más la pobre manzana involucrada en la tragedia humana. Adán y Eva, allá por el Génesis, Newton y su siesta bajo el manzano. Pues bien, también helena salió como consecuencia gravitacional de la manzana y su peso en oro valió, al parecer, el gigantesco drama desprendido del torneo de belleza más antiguo del que se tiene noticia. Ya en él había soborno. Pero el soborno era un elemento válido en la oferta, en el proceso electoral. El premio no era fraude, era parte de la promesa que el candidato se comprometía a cumplir.
El mito dice que París, un pastor que era, en realidad, hijo del rey Príamo, fue el juez circunstancial de tal evento, ocurrido en las profundidades del bosque. El príncipe pastor, decidió por Afrodita, la que le prometió la mujer más hermosa de la época y tal vez de todos los tiempos. Sin embargo aquellos tiempos eran aquellos tiempos y en aquel entonces las infidelidades no pasaban tan desapercibidas. Aquellos que hayan visto el film de Troya, recordarán ese despliegue de tropas por una mujer… ¿O por una manzana?
Los imperios caen con la gravidez de las manzanas, su gloria, como la belleza es intensa y pasajera, pero subsiste por las fuerzas contenidas en los pensamientos que ahora vemos en palabras.








