Si vemos el trabajo desde el ángulo de la manutención de la familia y sus repercusiones nos estaremos acercándonos al concepto social del trabajo. Nos preocupa aquí la acción laboral del trabajo femenino, la situación social del mismo y la escalada de la mujer a directorios en empresas o cargos políticos de relevancia, donde el salario se acompaña por el reconocimiento social.
En épocas prehistóricas no había gran diferenciación en el trabajo entre hombres y mujeres. Eran tribus que se desplazaban por extensos territorios, migrando sin destino fijo, ya que eran grupos nómades. Su sistema económico consistía en la recolección de frutos, la caza y la pesca. Hay, sin embargo, quienes consideran que la caza mayor era exclusividad masculina; aun así, en la vida nómada, quedaban muchas otras tareas comunes, tales como el hilado y el tejido, en lo que tiene que ver con la vestimenta. El encendido del fuego y la preparación de los alimentos, la confección de utensilios, la talla en madera, piedra o hueso, eran tareas compartidas.
En el Neolítico, la revolución agrícola, da lugar a pueblos sedentarios que tendrán ahora hogares fijos, lo que en la actualidad denominamos domicilio. Aquí es donde empieza una división elemental del trabajo, la primera especificación que diferencia el trabajo doméstico, el que se asocia a la mujer, del que se hace fuera de casa, que se ha convertido en sinónimo de trabajo remunerado.
Pero la carga horaria y la diversidad de tareas que podrían llevar el rótulo de “trabajos del hogar” es tan amplia que empieza al levantarse y termina al acostarse, sin otra pausa que el sueño; las mujeres tejen la ropa, crían los hijos, aran la tierra o cosechan, atienden animales e incluso, en el desarrollo de las ciudades, intervienen con éxito en el trueque de bienes en los mercados.
El segundo impacto social de mayor importancia después de la invención de la agricultura es la revolución industrial. La mujer entra de lleno en el trabajo asalariado. Las necesidades económicas de la familia y la división durkheimiana del trabajo son las causales de una oferta de trabajo remunerado a las mujeres y a los niños.
También se observan aquí las consecuencias de una sociedad de clases donde la clase obrera sacaba a sus mujeres a la fábrica para poder engrosar un poco más el poder adquisitivo de la familia. Debe tenerse en cuenta entonces que la mujer que trabaja fuera de la casa lo hace por necesidad económica y que, por lo general desempeña trabajos similares a los hogareños. Corresponde prestar atención al hecho de que, pese a estar trabajando fuera del hogar, las madres no renuncian a la crianza de sus hijos, por lo que son responsables de dos trabajos en paralelo. Pero entre todas, la característica más polémica y que hoy demanda la revisión del tema, en las sociedades machistas, es la diferencia en el monto que perciben las mujeres en desempeños y jornales de trabajo iguales que el hombre. Los sueldos son menores para las mujeres, costumbre arcaica que no ha sido erradicada aun en nuestra sociedad, cuando, por otro lado, para adivinarse un complot tácito por parte de los hombres, para dificultarle a la mujer, el acceso a los cargos de poder político.
Los cambios se están produciendo lentamente:
1) Aumenta la proporción de mano de obra femenina
2) Por el auxilio que prestan los electrodomésticos la mujer ha obtenido una cierta independencia de los labores de la casa.
3) Guarderías, jardines infantiles, escuelas y otras instituciones educativas se encargan de parte de la enseñanza de los niños ampliando así “los tiempos” para la mujer.
4) El mayor nivel cultural de las mujeres le ha dado posibilidades en la competencia laboral.
5) En la misma función se observa un crecimiento salarial, así como la competencia en labores de alta responsabilidad.
Falta mucho todavía sin embargo para una distribución justa del trabajo y de los puestos de jerarquía en el mundo. El cambio va en camino y las mejoras sociales son patrimonio de la humanidad entera.








