Un masaje afrodisíaco merece, sobre todo, una buena disposición por parte de los actores. Debe ser una actividad de interacción deseada por la persona que lo experimenta y la que lo lleva a cabo.
Además existen algunos elementos y técnicas que cooperan para el buen resultado de esta íntima empresa cuyos alcances van más allá de lo puramente terapéutico y remece los hondos y vastos mundos del inconciente psicológico.
Es mejor que las manos masajistas estén convenientemente humectadas. Para ello se recomienda una crema humectante aromatizada con algún aceite esencial, preferiblemente destilada de una planta con propiedades afrodisíacas como el jengibre, guaraná o de los pétalos de una rosácea o de jazmín blanco.
Lo mejor es empezar por el cuello, desde atrás, prestando gran atención a los nódulos de la nuca. Los movimientos deben ser deslizantes, ondulantes y con una presión intermedia, aunque variando la misma de acuerdo al lugar y el momento.
El masaje en pareja está diseñado para desear y hacer desear, ahí es donde radica su función e indicación como receta “para todos los problemas”. Se comprende entonces que se trata de un viaje sobre mapa a explorar donde se “adivinarán” por deducción lógica y experimentación las zonas erógenas y las caricias que dan mayor resultado.
Cuello, lóbulos de las orejas, hombros, planta de los pies, espalda y pecho, manos, etc. son algunos de los puntos del cuerpo tradicionalmente sensibles al amor por sus vínculos con el placer sexual.
El masaje en la pareja puede ser una buena excusa para comenzar a aproximarse luego de una jornada extenuante. Nada tiene que ver con el sexo, pero puede significar la antesala del mismo. De todas maneras es bueno para sentirse mejor los dos, conduzca o no a la relación sexual, el masaje mútuo en la pareja vale la pena.








