
Entre los múltiples seres que habitan la mitología de los pueblos las entidades femeninas tienen un papel tan importante como los dioses.
Los romanos adoptaron gran parte sino toda la mitología griega personificando en ella las fuerzas de la naturaleza.
Aequita era la diosa del comercio y se representaba con una balanza. De ahí el origen de la palabra equidad que significa igualdad o justicia.
Las cuatro Camenas eran las diosas acuáticas de Venus, ninfas que gobernaban pozos, vertientes y manantiales. Eran sabias conocedoras del futuro y en ocasiones anunciaban profecías. Se celebraba en Enero su festividad en el bosque sagrado conocido como Porta Capena, no lejos de Roma.
La diosa Tello o Terra versión romana de la divinidad griega Gea, representa la tierra, la fertilidad, deidad asociada con Ceres, diosa de los cereales a la que se rendía culto al finalizar la siembra sobre el final del invierno.
Un amplio espectro de virtudes se concentraba en Minerva, patrona de artesanos y guerreros, diosa de la razón y defensora del hogar y del Estado, una de las principales deidades junto a Júpiter y Juno.
La figura femenina sigue colmando las jerarquías celestiales. No está bien decir entonces que en origen de nuestra cultura occidental se haya subestimado el poderoso espíritu de la madre mujer.






