“La mirada es la ventana del alma” Este sabio y viejo proverbio define con exactitud las mudas y múltiples cuestiones que puede acarrear una mirada.

Vemos que la forma de mirar es, de por sí, además de una entrada sensorial, una forma comunicativa que habla sin palabras en la atmósfera del silencio gestual. Se delata también el que mira por su propia expresión.

La interpretación de una mirada es una lectura hecha, en primera instancia, desde otra mirada. Pero hay mucho más que imágenes, en esa lectura. Hay un universo de detalles que se apresta a la infinitud de actos y reacciones que acontecen en la sinapsis interpersonal en escasos segundos. La primera mirada es, proporcionalmente, el encuentro más rico y certero de una relación.

La mirada seductora lo es, muchas veces, sin proponérselo, pero franquea la puerta a otros espacios del pensamiento. En este sentido la mirada es una herramienta pública desde la intimidad del sujeto. Por el acceso visual se puede hacer un tour hacia los sitios desconocidos de la otra parte, la obra inédita de la vida de un puñado de seres, los secretos de un alma.

Tenemos la mirada seductora, para lo que se inclina ligeramente la cabeza hacia delante, los ojos entrecerrados emanan una honda e intensa mirada. Es la que viene acompañada de cierta libido. Esta mirada permanece más tiempo que otras y permite ser descubierta.

La mirada “perseguida” o paranoica, demuestra que la persona se siente acorralada, que está con recelo, que siente miedo o pavor. La vista no se fija, la pupila corre en horizontal hacia ambos lados, puede haber temblor en la barbilla.


También existe la mirada hueca o vacía, aparentemente desprovista de todo contenido. Esta mirada es amorfa porque carece de expresión. Puede, sin embargo, tener para nosotros una gran importancia, ya que hay otras miradas en ella; las miradas que la están mirando. La mirada hueca apunta al suelo o a ninguna parte en particular, aunque fijamente, como si estuviera viendo en un plano invisible para los otros seres. En otras ocasiones la mirada se pierde en el espacio infinito, o en un punto cualquiera como la mirada obsesionada en el pasado. Esta se relaciona con la mirada extraviada, huidiza del sicótico. Sólo que éste no es capaz de soportar el contacto visual, no soporta otra mirada en los ojos mucho tiempo.

Una mirada límpida suele ir acompañada de una sonrisa ingenua que despierta y ofrece honestidad y franqueza. Es la mirada tranquila del que no tiene malas intenciones.

En el otro extremo está la mirada solapada que esconde algo. Es la comúnmente llamada “mirada de traidor”, el que sabe que está en falta y esconde la mirada.

La mirada espiritual, que llega al alma. Una mirada profunda y serena que es intensa pero dulce y que caracteriza a los magnánimos seres, conocedores del Gran Misterio y de la elocuencia del callar.

Pero debe recordarse que la anatomía del rostro, la forma de las cejas y de los ojos, condiciona el aspecto de la mirada. Existen enfermedades que enrojecen los ojos, produciendo los ojos irritados. La apariencia llorosa de esos ojos cuando se tienen los párpados caídos resulta en una mirada triste que no lo es.

Hay miradas tan fuertes que las culpan del famoso “mal de ojo” y que se dice están cargadas de envidia por lo que desencadenan daño y desgracias al “ojeado”. Dentro de estas miradas peligrosas están las miradas que matan. Denominación de esos sentimientos de gran ira contenida lanzados desde una ardiente mirada.

La mirada desafiante, de película, mandíbula apretada, ojos clavados, de frente, con el ceño fruncido. En contraposición está la mirada amable, positiva, conciliadora que se manifiesta cuando hay afecto y se acompaña de agradables ademanes.

Pero la gama de cruces de miradas vistas, observaciones observadas podría ser tan amplia que de hecho, cada vez que se descubre una podría estarse etiquetando como otra forma de mirar. Todo depende de cómo se lo esté mirando, claro está.

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